En los años 50, en las casas de Iquique se escuchaba el vals Iquique, jamás te olvidaré, grabado por el sello Odeón. Años más tarde, al volver escuchar ese disco supe que su autor era Víctor Acosta.
Víctor Acosta es además el autor del vals La Joya del Pacífico, dedicado a Valparaíso, y que inmortalizara Lucho Barrios. El primer vals citado de Víctor Acosta, ha sido regrabado en la voz de Walter Chamaca, y la orquesta de Mario Berríos, en el Disco Compacto Las canciones del Chumbeque a la Zofri, Volumen I y II. En él se recupera a este autor y cantante, quien en el disco 78 rpm, hizo bailar al Iquique puerto-caleta deprimido de la época post-boom del salitre, que transcurre entre los años 30 y los 60.
Víctor Acosta, al juzgar por estas dos canciones pecó de adulterio. Amó a Iquique como si fuera Valparaíso y viceversa. Compartió lealtades con los dos puertos principales de Chile, y de pasó los hermanó. El puente musical que une a los dos puertos lo ayudó a construir este artista.
El amor profesado a Iquique, clandestino tal vez, lo expresa de este modo el cantautor: “Es un amor que nunca olvidaré/ entre mi pecho vive escondido/ Puerto de Iquique/ tú bien lo sabes/ que yo jamás, jamás te olvidaré”.
A juzgar por la información que poseemos Víctor Acosta se paseó por toda la geografía chilena, acompañado de sus guitarras, y de Italo Martínez, Willie Zegarra y Juan Ibarra, entre otros. Participó en circos, animó veladas teatrales, y como si lo anterior fuera poco, compuso valses como los ya reseñados.
El vals que comentamos tiene la particularidad que entrega valiosas informaciones sobre la vida social de Iquique, y que ahora parecen estar en retirada. El Carnaval, y su entierro en Cavancha, el teatro Nacional -consumido por un voraz incendio el 25 de noviembre de 1970- el Shangai un salón de baile de los años 40, son algunos de los hitos fundamentales de la sociabilidad popular iquiqueña de aquel entonces.
Es el Iquique que lucha desesperadamente por salir de la crisis. La desesperación ha llegado a tanto que el 21 de mayo de 1957 la ciudad amanece con la bandera chilena a media asta en señal de protesta contra el centralismo santiaguino. Sólo el deporte, que gatilló la feliz expresión “Iquique, tierra de campeones” hizo el milagro, por lo menos a nivel simbólico, que el centralismo no olvidara a los iquiqueños. Pero volvamos a nuestro cantautor, como se dice ahora.
Víctor Acosta recrea la vida bohemia que todo puerto que se precie de tal necesita para definirse. Si Valparaíso tuvo su Roland Bar, Iquique tuvo su Bar Inglés, su American Bar y su Bar California, que formaban un triángulo, camino al puerto. El humor popular, prefirió la copia al ingenio, y los bautizó como el Triángulo de las Bermudas.
El vals en comento es una declaración de amor a Iquique y es, a la vez, un juramento de fidelidad que todo amante que se precie de tal necesita manifestar: la voluntad del no olvido. Cosas de enamorados, por cierto.
Los recuerdos de Iquique son la principal levadura para hacer fermentar ese amor. Dice Acosta: “Es por eso que viven en mi mente/ los recuerdos que nunca olvidaré/Iquique glorioso te recuerdo/ y jamás yo te olvidaré”.
El legado musical de Víctor Acosta es prácticamente desconocido en la actualidad. Su biografía sigue siendo un misterio. Recuperar su contribución musical, socializar su canto y su música, parecen ser tareas urgentes.
En un país tan dado al olvido y a la mala memoria, cada vez que cantemos La Joya del Pacífico y el Iquique jamás te olvidaré, un rumor de olas de Cavancha y de Las Salinas, del Bar Inglés y del Roland Bar, le estarán homenajeando.
Ahora que Valparaíso es Patrimonio de la Humanidad, los porteños entre otras tantas obligaciones, deberán rescatar del olvido a Víctor Acosta.
Iquique, jamás te olvidaré
Víctor Acosta
Es un amor que nunca olvidaré
entre mi pecho vive escondida.
Puerto de Iquique
tú bien lo sabes
que yo jamás, jamás te olvidaré
Recuerdo yo aquellos días
tan felices en pleno carnaval
recuerdo yo aquellos bailes
tan hermosos en el viejo Nacional.
Es por eso que viven en mi mente
los recuerdos que nunca olvidaré
Iquique como te recuerdo
y jamás yo te olvidaré.
Pueblo iquiqueño yo te recuerdo
cuando en Cavancha enterrábamos el Carnaval.
tanto amigos, yo los recuerdos
cuando en las noches bailábamos
en el Shangai
Recuerdo yo esos días tan felices
en pleno Carnaval,
recuerdo yo aquellos bailes
tan hermosos en el viejo Nacional
Es por eso que viven en mi mente
los recuerdos que nunca olvidaré
Iquique, glorioso te recuerdo
y jamás te olvidaré.
La Joya del Pacífico
Víctor Acosta
Eres el Arco Iris de múltiples colores
tú Valparaíso puerto principal
sus mujeres son preciosas margaritas
son sirenas encantadas de tu mar.
Al mirarte de Playa Ancha lindo puerto
ahí se ven las naves al salir y al entrar
y el marino canta esta canción
yo sin ti ni vivo puerto de mi amor
Del cerro Los Placeres yo me pasé la Barón
me vine al Cerro Alegre detrás de un amor
se fue al Cordillera y yo siempre detrás
porteña buena moza no me hagas sufrir más.
De mis primeros años yo quise descubrir
el misterio de tus cerros jugando al volantín
como mariposas que salen de las rosas
corrí por los cerros hasta el último confín.
Yo me ausenté de ti puerto querido
y al regresar de nuevo me puse a contemplar
la Joya del Pacífico te llaman los marinos
y yo te llamo encanto como Viña del Mar.
La plaza de la Victoria es su centro social
la Avenida Pedro Montt como tú no hay otra igual
más yo quisiera cantarte con todo el corazón
Torpedera de mi ensueño, Torpedera de mi amor.
Sunday, November 26, 2006
Todavía... Iquique
¿Qué sabemos de las calles y veredas de Iquique, de sus casas y edificios, de sus hábitos en general que nos remitan a lo que fue esta ciudad-puerto? ¿A quién recurrir para encontrar trazos de esos aspectos que por lo general la historiografía clásica no toma en consideración? Por último ¿cómo registrar las percepciones y auto-percepciones que los iquiqueños y no iquiqueños tienen de esta ciudad? Estas y otras preguntas son las que en este capítulo pretendo responder con el aporte de escritores que han recreado parte importante de la vida de Iquique.
Explicitar las percepciones y auto-percepciones del Iquique de fines de siglo pasado y principios de 1900, sólo se puede hacer a través de la reconstrucción, apoyada en documentación de tipo histórica. Sin embargo, la ausencia de materiales de este tipo, obliga a revalorar otro tipo de fuente: la literatura.
El cuento “Todavía” (1989) del nortino coquimbano Carlos León (1916-1988) ambientado en Iquique en los primeros años del siglo XX, entrega interesantes noticias acerca de nuestra ciudad. Así por ejemplo, a nivel de la vida cotidiana es útil saber acerca del uso del agua salada. Cito a León: “En un ángulo del patio estaba el cuarto de baño, vestido con un artefacto gigantesco, con dos llaves: una para el agua dulce, la otra para la salada”. Aludiendo a que Iquique era verano todo el año señala: “ Dada la naturaleza del clima, nadie se bañaba con agua caliente”.
En relación a los techos de la ciudad., Carlos León agrega: “Como los tejados, en Iquique, eran planos, debido a la carencia de lluvias, nos desplazábamos por ellos como si fueran verdaderos bulevares”. Estos, a su vez estaban cubiertos de conchuelas: “Sin embargo, no podíamos sentarnos, pues los techos de Iquique, planos, estaban cubiertos de conchuelas calcinadas que cortaban como cuchillos, por lo que no convenían pisarlas” . Para qué servían las conchuelas. El mismo León nos contesta: “Ese sistema pretendía impermeabilizar las casas, en caso de lluvia”.
La vida social giraba en gran parte en torno al cine. Recomienda: “Convenía sentarse en el centro de la platea. Era el lugar más seguro, pues desde la galería, tan pronto se apagaban la luces, una lluvia de proyectiles caía sobre los espectadores: trozos de empanadas, pedazos de pan, cáscaras de maní, mientras se dejaban oir chirigotas, apodos pertenecientes a los de platea, carcajadas estrepitosas y ruidos ordinarios que hacían reír a la galería en forma estentórea. No pocas voces se escuchaban gruñidos y ladridos de perros”.
Sobre el Carnaval y sus comparsas, nos dice: “La del Morro, el mío, era bastante extensa. En una de ellas vi una vez, a la cola del desfile, una bellísima prostituta, acompañada de un funcionario de la Caja de Ahorros, tomados de brazo, casi cayéndose de puros borrachos, penetrados, sin embargo, de una alegría demoníaca y gritando como condenados”.
Al caer la tarde se jugaba a la chaya en Cavancha: “Por la noche tanto en el paseo de Cavancha como en las plazas de la ciudad, se jugaba a la chaya. Los de mala índole mezclaban el papel picado multicolor con aserrín pintado y lo deslizaban por los escotes de las muchachas. Este singular confetti producía tal picazón que las afectadas, aparte de rascarse con frenesí, iniciaban movimientos de un orden casi pentecostal, concluyendo impotentes por regresar a sus casas para rascarse a gusto, tomar una ducha y cubrirse de polvos talcos”.
Retrata al Iquique de la crisis de los años 30. Dice: “En el barrio no queda ya nadie: algunos fallecieron, otros emigraron para la época de la crisis. Se crearon ollas del pobre y hasta gente amiga nuestra no tenía que comer” .
Carlos León pinta un Iquique que vive sólo en el territorio de la nostalgia. Leer a este escritor es encontrarse con el puerto del boom y de la crisis del salitre.
Explicitar las percepciones y auto-percepciones del Iquique de fines de siglo pasado y principios de 1900, sólo se puede hacer a través de la reconstrucción, apoyada en documentación de tipo histórica. Sin embargo, la ausencia de materiales de este tipo, obliga a revalorar otro tipo de fuente: la literatura.
El cuento “Todavía” (1989) del nortino coquimbano Carlos León (1916-1988) ambientado en Iquique en los primeros años del siglo XX, entrega interesantes noticias acerca de nuestra ciudad. Así por ejemplo, a nivel de la vida cotidiana es útil saber acerca del uso del agua salada. Cito a León: “En un ángulo del patio estaba el cuarto de baño, vestido con un artefacto gigantesco, con dos llaves: una para el agua dulce, la otra para la salada”. Aludiendo a que Iquique era verano todo el año señala: “ Dada la naturaleza del clima, nadie se bañaba con agua caliente”.
En relación a los techos de la ciudad., Carlos León agrega: “Como los tejados, en Iquique, eran planos, debido a la carencia de lluvias, nos desplazábamos por ellos como si fueran verdaderos bulevares”. Estos, a su vez estaban cubiertos de conchuelas: “Sin embargo, no podíamos sentarnos, pues los techos de Iquique, planos, estaban cubiertos de conchuelas calcinadas que cortaban como cuchillos, por lo que no convenían pisarlas” . Para qué servían las conchuelas. El mismo León nos contesta: “Ese sistema pretendía impermeabilizar las casas, en caso de lluvia”.
La vida social giraba en gran parte en torno al cine. Recomienda: “Convenía sentarse en el centro de la platea. Era el lugar más seguro, pues desde la galería, tan pronto se apagaban la luces, una lluvia de proyectiles caía sobre los espectadores: trozos de empanadas, pedazos de pan, cáscaras de maní, mientras se dejaban oir chirigotas, apodos pertenecientes a los de platea, carcajadas estrepitosas y ruidos ordinarios que hacían reír a la galería en forma estentórea. No pocas voces se escuchaban gruñidos y ladridos de perros”.
Sobre el Carnaval y sus comparsas, nos dice: “La del Morro, el mío, era bastante extensa. En una de ellas vi una vez, a la cola del desfile, una bellísima prostituta, acompañada de un funcionario de la Caja de Ahorros, tomados de brazo, casi cayéndose de puros borrachos, penetrados, sin embargo, de una alegría demoníaca y gritando como condenados”.
Al caer la tarde se jugaba a la chaya en Cavancha: “Por la noche tanto en el paseo de Cavancha como en las plazas de la ciudad, se jugaba a la chaya. Los de mala índole mezclaban el papel picado multicolor con aserrín pintado y lo deslizaban por los escotes de las muchachas. Este singular confetti producía tal picazón que las afectadas, aparte de rascarse con frenesí, iniciaban movimientos de un orden casi pentecostal, concluyendo impotentes por regresar a sus casas para rascarse a gusto, tomar una ducha y cubrirse de polvos talcos”.
Retrata al Iquique de la crisis de los años 30. Dice: “En el barrio no queda ya nadie: algunos fallecieron, otros emigraron para la época de la crisis. Se crearon ollas del pobre y hasta gente amiga nuestra no tenía que comer” .
Carlos León pinta un Iquique que vive sólo en el territorio de la nostalgia. Leer a este escritor es encontrarse con el puerto del boom y de la crisis del salitre.
De la Plaza al Mall
La historia de Iquique puede ser vista también como la pérdida paulatina de los espacios públicos, orientados al desarrollo de la sociabilidad. La inexistencia de clubes sociales, sedes sociales, y sobre todo de lugares como plazas es sintomático de lo que afirmo. Es bien sabido que en estos lugares es donde se desarrolla una vida social que hace posible que los vínculos sociales se fortalezcan. La plaza por ejemplo, han perdido el sentido que hace unos cuarenta años atrás, tuvo.
La Plaza como un lugar por excelencia de la sociabilidad, nos remite a una ciudad, que se reencuentra a si misma, un espacio donde es posible reconocer y encontrar al prójimo, coordenadas de tiempo y espacio, en la que la gente, expresa su condición social y económica. La plaza, fue también el foro, donde se realizaban las concentraciones políticas, el sitio para el diálogo y la confrontación de ideas. Sin embargo, la condición clave para estar en ésta, es asumirse como ciudadano. Es decir, poseer derechos y deberes, y sobre todo una preocupación por los problemas públicos. En otra palabras, tener vocación política.
En el otro extremo, el Mall, es el nuevo espacio de la sociabilidad. Parece reemplazar a la plaza. Es, en palabra de Marc Auger un no lugar. Un sitio donde el anonimato es la clave, y en la que el uso que se le da, tiene que ver más que nada con el consumo. Nadie va a este lugar a preocuparse por la cuestión social. La motivación es otra. El Mall parece una ciudad en miniatura, en la que es posible encontrar de todo. Desde la farmacia, librería, restaurante, casa de discos, servicios higiénicos, etc.
La ocupación masiva del Mall expresa el descrédito en que ha caído la Plaza. En algunas poblaciones, la gente se opone a la creación de esta última, por el uso que se les da. En las noches, son habitadas por pandillas. Y esto sucede por algo que insinuamos: el desaparecimiento de instituciones como clubes deportivos, que operaban como controladores sociales de estos espacios.
El tránsito de la Plaza al Mall es también el paso de una sociedad moderna a una postmoderna. Si antes la plaza era el lugar del encuentro, ahora es el mall. Este último es, en alguna medida, la transfiguración de la Plaza. Entre ambos hay continuidades y rupturas. Sin embargo, el espíritu de la plaza no está presente. Y no lo está por lo mismo que el paso de la primera a la segunda, es el paso del ciudadano al consumidor.
Sin embargo, lo anterior, aún es posible resignificar y reutilizar esos espacios. Perdidas las plazas, ya sea por su escaso cuidado y por el cambio radical que se les hizo, es el caso de nuestra centenaria Plaza Prat, el mall aparece como el único lugar para el encuentro. El tema es pues, apropiarse de él. Comprar y preocuparse por las cuestiones públicas no tiene porque ser contradictorio.
La Plaza como un lugar por excelencia de la sociabilidad, nos remite a una ciudad, que se reencuentra a si misma, un espacio donde es posible reconocer y encontrar al prójimo, coordenadas de tiempo y espacio, en la que la gente, expresa su condición social y económica. La plaza, fue también el foro, donde se realizaban las concentraciones políticas, el sitio para el diálogo y la confrontación de ideas. Sin embargo, la condición clave para estar en ésta, es asumirse como ciudadano. Es decir, poseer derechos y deberes, y sobre todo una preocupación por los problemas públicos. En otra palabras, tener vocación política.
En el otro extremo, el Mall, es el nuevo espacio de la sociabilidad. Parece reemplazar a la plaza. Es, en palabra de Marc Auger un no lugar. Un sitio donde el anonimato es la clave, y en la que el uso que se le da, tiene que ver más que nada con el consumo. Nadie va a este lugar a preocuparse por la cuestión social. La motivación es otra. El Mall parece una ciudad en miniatura, en la que es posible encontrar de todo. Desde la farmacia, librería, restaurante, casa de discos, servicios higiénicos, etc.
La ocupación masiva del Mall expresa el descrédito en que ha caído la Plaza. En algunas poblaciones, la gente se opone a la creación de esta última, por el uso que se les da. En las noches, son habitadas por pandillas. Y esto sucede por algo que insinuamos: el desaparecimiento de instituciones como clubes deportivos, que operaban como controladores sociales de estos espacios.
El tránsito de la Plaza al Mall es también el paso de una sociedad moderna a una postmoderna. Si antes la plaza era el lugar del encuentro, ahora es el mall. Este último es, en alguna medida, la transfiguración de la Plaza. Entre ambos hay continuidades y rupturas. Sin embargo, el espíritu de la plaza no está presente. Y no lo está por lo mismo que el paso de la primera a la segunda, es el paso del ciudadano al consumidor.
Sin embargo, lo anterior, aún es posible resignificar y reutilizar esos espacios. Perdidas las plazas, ya sea por su escaso cuidado y por el cambio radical que se les hizo, es el caso de nuestra centenaria Plaza Prat, el mall aparece como el único lugar para el encuentro. El tema es pues, apropiarse de él. Comprar y preocuparse por las cuestiones públicas no tiene porque ser contradictorio.
Ciudad de Miradores
Iquique también podría ser definida como ciudad de miradores. Pero, lo será siempre y cuando la autoridad competente, invierta en la recuperación de los mismos. En el comienzo del 2001 tan lleno de deseos, pedir uno más, no constituye engaño.
La filosofía de los miradores radicó en que se conjugó como pocas veces es posible, la belleza con lo utilitario. Según dice el Dr. Ramsés Aguirre autor del texto fotográfico ”Los Miradores de Iquique” publicado en septiembre de 1983, “se construyeron para observar hacia el horizonte la llegada de buques, veleros y vapores que traían mercaderías para abastecer el puerto... “. Y agrega: “Cuando miraban al este, la vista se topaba con los cerros de la cordillera de la costa por los cuales descendía el tren de pasajeros y el convoy repleto de salitre; por último, tal vez fueron construidos para el solaz de sus dueños, que subirían a observar la ciudad, las puestas de sol, o tal vez, los incendios tan frecuentes y desastrosos hace 50 años”.
La estatura del mirador sobrepasaba la del promedio de las casas de dos pisos que en ese entonces habían en nuestra ciudad. Los incendios, las polillas y el desapego al patrimonio arquitectónico han hecho que muchos de ellos hayan desaparecidos. Sin embargo, el amor por nuestra historia ha hecho que algunas nuevas construcciones incorporen este elementos tan característico de nuestra identidad cultural. El edificio del Colegio Universitario (ex American College), el Banco de Santiago, el terminal del Tur-Bus entre otros así lo han hecho. Al de "Chile Deportes", falta le hace una “manito de gato”.
Hay un hecho que hay que destacar. Se nos ha hecho visible un mirador que creíamos condenado a morir. Me refiero al de calle Ramírez entre Bulnes y Orella. La casa que lo albergaba ha sido restaurada. El Mirador pintado de blanco e iluminado. La noche iquiqueña parece haber recuperado algo de su encanto de puerto del salitre.
Este mirador precisamente sirvió de portada para el libro que comentamos, y que según mi amigo Ramsés “fue construido para este efecto -ver la llegada de buques, veleros y vapores- por su dueño el Sr Rossi, que poseía el vapor “Nilda”; éste hacía viajes entre Arica e Iquique trayendo productos del agro, muy escasos en nuestra ciudad en ese entonces”.
La puesta en valor de este mirador, por manos privadas, y sin aspavientos merece reconocimientos y un estímulo por parte de las autoridades del rubro. Como bien escribe el poeta mayor Guillermo Ross-Murray en la publicación que comentamos: “Nadie los advierte/Nuestra desmemoria los empuja, desmorona/ Pero, ellos atalayan -todavía- cualquier escarceo/ sobre el horizonte”.
Los Miradores de Iquique son nuestro disco duro. En ellos, están depositadas todas nuestras miserias y grandezas, que son muchas. Su cuidado y su puesta en valor es una obligación histórica y ética. Los que quedan aún en pie, precisan de nuestras voluntades para otorgarle la dignidad que la memoria y la historia merecen.
La filosofía de los miradores radicó en que se conjugó como pocas veces es posible, la belleza con lo utilitario. Según dice el Dr. Ramsés Aguirre autor del texto fotográfico ”Los Miradores de Iquique” publicado en septiembre de 1983, “se construyeron para observar hacia el horizonte la llegada de buques, veleros y vapores que traían mercaderías para abastecer el puerto... “. Y agrega: “Cuando miraban al este, la vista se topaba con los cerros de la cordillera de la costa por los cuales descendía el tren de pasajeros y el convoy repleto de salitre; por último, tal vez fueron construidos para el solaz de sus dueños, que subirían a observar la ciudad, las puestas de sol, o tal vez, los incendios tan frecuentes y desastrosos hace 50 años”.
La estatura del mirador sobrepasaba la del promedio de las casas de dos pisos que en ese entonces habían en nuestra ciudad. Los incendios, las polillas y el desapego al patrimonio arquitectónico han hecho que muchos de ellos hayan desaparecidos. Sin embargo, el amor por nuestra historia ha hecho que algunas nuevas construcciones incorporen este elementos tan característico de nuestra identidad cultural. El edificio del Colegio Universitario (ex American College), el Banco de Santiago, el terminal del Tur-Bus entre otros así lo han hecho. Al de "Chile Deportes", falta le hace una “manito de gato”.
Hay un hecho que hay que destacar. Se nos ha hecho visible un mirador que creíamos condenado a morir. Me refiero al de calle Ramírez entre Bulnes y Orella. La casa que lo albergaba ha sido restaurada. El Mirador pintado de blanco e iluminado. La noche iquiqueña parece haber recuperado algo de su encanto de puerto del salitre.
Este mirador precisamente sirvió de portada para el libro que comentamos, y que según mi amigo Ramsés “fue construido para este efecto -ver la llegada de buques, veleros y vapores- por su dueño el Sr Rossi, que poseía el vapor “Nilda”; éste hacía viajes entre Arica e Iquique trayendo productos del agro, muy escasos en nuestra ciudad en ese entonces”.
La puesta en valor de este mirador, por manos privadas, y sin aspavientos merece reconocimientos y un estímulo por parte de las autoridades del rubro. Como bien escribe el poeta mayor Guillermo Ross-Murray en la publicación que comentamos: “Nadie los advierte/Nuestra desmemoria los empuja, desmorona/ Pero, ellos atalayan -todavía- cualquier escarceo/ sobre el horizonte”.
Los Miradores de Iquique son nuestro disco duro. En ellos, están depositadas todas nuestras miserias y grandezas, que son muchas. Su cuidado y su puesta en valor es una obligación histórica y ética. Los que quedan aún en pie, precisan de nuestras voluntades para otorgarle la dignidad que la memoria y la historia merecen.
El arte de Juan Cueto
En tiempos de la nostalgia, escuchar a Tormenta con su “Chico de mi barrio” significa traducir su narrativa a las coordenadas del tiempo y del espacio iquiqueño. La argentina, como muchos otros, se apoderaron del ancho del dial de las tres emisores AM que habían y desplegaban su románticas e ingenuas canciones. Eran los tiempos del “Murió la flor”, de las “Cartas Amarillas” de Nino Bravo, o de aquellas canciones que Juliano “El Extraño”, inmortalizara en uno de los primeros conciertos de rock en vivo, y en la escuela Nº 4, en los tiempos del “Chico” Vega.
Entonces usábamos pelo largo y pantalones “pata e elefante”, con agregado o no, que nuestro querido y mejor sastre de Iquique confeccionaba: Juan Cueto, un boliviano avecindado en el puerto y que de tanto vestir a la moda a los iquiqueños terminó siendo uno más de los nuestros.
Su precisión en el corte y confección en nada se igualaba a su impuntualidad para entregar las prendas. Pero, era tan buen modelador de nuestra vanidad que se lo perdonábamos todo, o casi todo. Nadie entendió porque no prosiguió en tan noble tarea.
Diestro en el dedal y en la tijera, Juan Cueto, era capaz de innovar en la moda de acuerdo a los pedidos del cliente. El, más que nunca entendió eso de que “el cliente siempre tiene la razón”. Con los alfileres en la boca, tiza en mano y el noble centímetro, cuadriculaba a la perfección, nuestra geografía adolescente.
La humildad de Cueto rayaba en la locura. Jamás ningún pantalón tuvo prendido en su pretina, el nombre de tan ilustre artesano. Pero, bastaba que las “pate e elefante” se desplegaran por el paseo dominical de la Plaza Prat, para que todo el mundo, o sea Iquique, entendiera que detrás de tanta perfección sastreana, estaba la mano del coterráneo de Gilberto Rojas.
Llegábamos con la tela bajo el brazo, y caminábamos las calles de tierra y a oscura por Latorre rumbo al cerro, y a mano izquierda en una casa de madera, Cueto disponía de sus propias fuerzas productivas (nostalgia por Marx): máquina Singer -me imaginó- y un gran arsenal de hilos marca “Cadenas”, botones y tizas para demarcar la tela. Una mesa, donde con paciencia andina, procedía a dar forma al metro cuarenta doble ancho, que debía transformarse, casi por arte de la alquimia, en un pantalón. Pero, insisto, no era una prenda cualquiera. Era el artefacto que nos conectaba con esa modernidad periférica de Iquique que bailaba con “Los Galos” y con “I pooh” ese tema tan azucarado que se llamaba “Pensiero”.
Juan Cueto era quien nos brindaba el pasaporte a la moda. Fue a su modo, nuestro Oscar de la Renta. Representó una especie de peldaño para llegar a Armani. Con Juan Cueto -usted lo ubica ahora el el Mercado Municipal, por Amunátegui- estuvimos en la cresta de la ola. Fuimos un poco Sandro, un poco Favio, y mucho Lalo Espejo.
Entonces usábamos pelo largo y pantalones “pata e elefante”, con agregado o no, que nuestro querido y mejor sastre de Iquique confeccionaba: Juan Cueto, un boliviano avecindado en el puerto y que de tanto vestir a la moda a los iquiqueños terminó siendo uno más de los nuestros.
Su precisión en el corte y confección en nada se igualaba a su impuntualidad para entregar las prendas. Pero, era tan buen modelador de nuestra vanidad que se lo perdonábamos todo, o casi todo. Nadie entendió porque no prosiguió en tan noble tarea.
Diestro en el dedal y en la tijera, Juan Cueto, era capaz de innovar en la moda de acuerdo a los pedidos del cliente. El, más que nunca entendió eso de que “el cliente siempre tiene la razón”. Con los alfileres en la boca, tiza en mano y el noble centímetro, cuadriculaba a la perfección, nuestra geografía adolescente.
La humildad de Cueto rayaba en la locura. Jamás ningún pantalón tuvo prendido en su pretina, el nombre de tan ilustre artesano. Pero, bastaba que las “pate e elefante” se desplegaran por el paseo dominical de la Plaza Prat, para que todo el mundo, o sea Iquique, entendiera que detrás de tanta perfección sastreana, estaba la mano del coterráneo de Gilberto Rojas.
Llegábamos con la tela bajo el brazo, y caminábamos las calles de tierra y a oscura por Latorre rumbo al cerro, y a mano izquierda en una casa de madera, Cueto disponía de sus propias fuerzas productivas (nostalgia por Marx): máquina Singer -me imaginó- y un gran arsenal de hilos marca “Cadenas”, botones y tizas para demarcar la tela. Una mesa, donde con paciencia andina, procedía a dar forma al metro cuarenta doble ancho, que debía transformarse, casi por arte de la alquimia, en un pantalón. Pero, insisto, no era una prenda cualquiera. Era el artefacto que nos conectaba con esa modernidad periférica de Iquique que bailaba con “Los Galos” y con “I pooh” ese tema tan azucarado que se llamaba “Pensiero”.
Juan Cueto era quien nos brindaba el pasaporte a la moda. Fue a su modo, nuestro Oscar de la Renta. Representó una especie de peldaño para llegar a Armani. Con Juan Cueto -usted lo ubica ahora el el Mercado Municipal, por Amunátegui- estuvimos en la cresta de la ola. Fuimos un poco Sandro, un poco Favio, y mucho Lalo Espejo.
Thursday, December 22, 2005
La pesadilla de Recabarren: el abrazo de Soria y Piñera
La decisión del alcalde Soria de apoyar la candidatura del empresario de la derecha Sebastián Piñera ha encendido aún más el clima en el caluroso Iquique. Grupos de obreros portuarios, los más movilizados de los trabajadores iquiqueños lanzaron huevos en contra de la casa del edil. Nunca antes, en una ciudad religiosa y popular, la palabra traición había sonado con tanta fuerza. En el mundo cotidiano, aquel que se nos muestra cuando viajamos en colectivo, la política, vive sus peores momentos. El divorcio de la ética con la política recibió su consagración. Nunca antes la frase “el fin justifica los medios” había sido tan elocuente.
¿Pero de qué se sorprende la gente si la conducta política del “Choro” se ha caracterizado por el erratismo y la búsqueda de sus propias conveniencias, que hábilmente las disfraza como si fueran de la ciudad (y ahora usa la palabra provincia, pensando tal vez en ser senador)?
No hay que ser ingenuo. Hace mucho tiempo que Soria dejó de ser un hombre confiable politícamente. La única lealtad que Soria profesa es hacia a su familia. Lo demás es moverse a engaño. Y Piñera si no lo sabe hoy, lo sabrá mañana. El Partido de Acción Regionalista, no es más que una familia extendida, en la que el cacique controla todo. Su diputa electa Marta Isasi declaró a la prensa “El alcalde Soria nunca se equivoca” (La Estrella de Iquique, 21 de diciembre de 2005, p A-4). Se retrata de cuerpo entero.
La obsesión del líder populista (tránsfuga político, o para ser más suaves, turista de la política) es la historia. La quiere cambiar. Y para explicar sus decisiones como la de apoyar a la derecha que apoyó a Pinochet, que a él mismo lo encerró en Pisagua y luego lo relegó a Mulchén, asesinó sus compañeros y torturó a más de un amigo, es afirmar “mañana cambiaremos la historia de Chile, de la Primera Región y de Iquique” (La Estrella de Iquique, 21 de diciembre de 2005, p A-3). Para el alcalde populista la palabra historia es un amuleto.
La historia para él es mirar hacia el futuro, olvidando que el pasado es parte importante de la vida. De allí viene la ética. Esa que suponemos aprendió de su hogar masónico y católico, esa que le transmitió Fidel Castro, Salvador Allende y Freddy Taberna. Esa ética bañada por la sangre de los muchos y muchas que creyeron en él. Esta ética hoy la transa por el Hito 60. Y la negocia con uno de aquellos que desde la vereda del frente, se enriquecía y con su silencio, apoyaba a la dictadura.
¿Pero por qué apoyar a Piñera sabiendo que la Bachelet va a ganar? Esa pregunta racional tiene un respuesta, sin embargo, no racional. Soria odia a la Concertación. Y ese odio lo ayudó a provocar el mismo conglomerado cuando el año 1989, obstaculizó su camino al Senado, presentando a Aníbal Palma. Desde ese tiempo hasta ahora el “loco” ha ido cambiando de tienda política, pero todo dentro del mundo de la izquierda.
El sociólogo Víctor Guerrero afirma que el electorado de Soria no es un todo homogéneo. Está compuesto, prosigue, por tres vertientes. Los cercanos, que constituyen su centro de confianza y que componen el equipo municipal, desde Ernesto Lo hasta el más humilde funcionario municipal. Fuera de ese entorno, están los soristas de izquierda, y por último el pueblo sorista. Los primeros y los últimos votarán por Piñera. Más aún, los últimos que no me cabe la menor duda votaron por Lavín. Soria y Lavín consumen esa misma votación. El común denominador de ambos es el populismo. Nos preguntamos si gente de izquierda como Ernesto Lo, Adolfo Vargas votarán por Piñera. Espero que no.
Habría que preguntarse como va a reaccionar la Concertación a través del diputado Rossi y del senador Flores. Hay que recordar que al finalizar cada elección, los electos, en este caso los ya nombrados, además de concejales de gobierno anuncian que “ahora sí que terminamos con Soria” en alusión a la posibilidad de emprender acciones legales tendientes a destituirlo. Pero no pasa nada. Y esto obedece a dos razones. O no hay antecedentes sólidos para emprender esa tarea, o bien, alguien desde las altas esferas del Gobierno protege al alcalde.
Dentro del simbolismo de la política que no es caso menor, la forma del apoyo de Soria al empresario Piñera se dio en una fecha y en un lugar que sintetizan gran parte de la identidad cultural iquiqueña. Se hizo el 21 de diciembre, fecha de la matanza de la escuela Santa María y en el teatro Municipal, el orgullo versallesco de la ciudad. Además, el alcalde se encargó de fijar una vez su posición “Ya no hay izquierda ni derechas”. Y en acto seguido, fiel a su espíritu contradictorio afirma: “Soy socialista desde los 14 años y lo seguiré siendo”. En el libro “Las Venas de mi ira...” profundizo esos y otros aspectos.
La primera semana de enero la ciudad estará llena de inmensos carteles en la que el empresario de la derecha y el alcalde desplagarán sus anchas sonrisas. Iquique será embanderado co esas fotos financiados por el millonario candidato. Y los pobres, los pobres pobres, votarán por él, pensamdo en cambiar su historia.
El 15 de enero la derecha ganará en Iquique, con los votos de Lavín y de Soria. Todo ello obligará a la Concertación a redefinir su relación con el alcalde. Hay que decir que esa relación ha estado marcado por la ambigüedad y la ausencia. De ambigüedad, porque todos sueñan con establecer alianza con el alcalde para que ésta se traduzca en votos. Le sucedió al ex-senador Sergio Bitar. Los resultados están a la vista. La política del “hay que dejarlo tranquilo”, apoyándolo en todo lo que pide: dineros para la Feria China (300 millones de pesos para financiar un desastre a todas luces, para asfaltar el camino Iquique-Colchane, etc). Por otro lado, seguimos mostrando como ciudad pésimos indicadores en la educación municipalizada, etc. De ausencia, en el sentido que el senador Fernando Flores jamás ha tenido una presencia activa en la ciudad (Y se le nombra coordinador regional de la campaña de la Bachelet). Todo ello es para resaltar el hecho de que hace falta un diseño político claro para vincularse con tan huidizo personaje.
El abrazo de Soria con Piñera expresa el carácter del regionalismo de Soria. Un regionalismo instrumental, sin apego a la ética ni menos a la memoria histórica. Un movimiento de carácter familiar compuesto por incondicionales sin derecho al disenso. En fin, un conglomerado que negocia con la derecha que nunca ha sido y será regionalista, una derecha antidemocrática que se niega a apoyar al sistema binominal. La diputada electa Marta Isasi dice hoy en la prensa “El Par no es de izquierda ni de derecha”(La Estrella de Iquique 22 de diciembre de 2005, pp A-5). Me viene a la memoria la frase de Francisco Umbral a propósito de la afirmación del cantante Juanito Valderrama. Este dijo “Soy apolítico”. El genial Umbral le respondió, o sea es de derecha. Otros de los efectos político es que la Alianza ganó una diputada.
El Iquique rojo, el del movimiento obrero organizado y con conciencia de clase, el de las grandes movilizaciones de masas, recibe hoy con el abrazo de Soria y Piñera una estocada en su orgullo. Soria, el nuevo “León de Tarapacá” con su ambición y su chusma inscribe a Iquique en ese lugar que nunca pensó Luis Emilio Recabarren ni Salvador Allende. Y todos tenemos culpa.
Saturday, November 26, 2005
Pinochet y los iquiqueños
| Se comenta lo mucho que Pinochet quiere a Iquique. Se cuenta que cuando ganó el No, lo primero que preguntó el dictador, fue cómo le había ido en la “Tierra de Campeones”. Cuando supo la respuesta frunció el ceño. Y no dijo nada más. Cuando fue Presidente, por la fuerza de las armas, hay que recordarlo, dotó a la ciudad, del Tani Loayza y de Oscar Hahn, de una Zona Franca (hubo además motivos geopolíticos: había que cuidar las fronteras de una posible guerra con peruanos y bolivianos), creó por decreto la Universidad Arturo Prat y ayudó a pagar su deuda: “Presidente Pinochet otorgó 150 millones de pesos a la Universidad” (El Puerto, 27 de junio de 1989). Otros han afirmado que fue el padrino de boda del actual alcalde Jorge Soria. Los más mal pensando, han afirmado que Pinochet es iquiqueño. Hay por cierto, en esta afirmación mucho de mala intención. Pinochet al igual que el General Prats vivió en Iquique. Este último se casó en la tierra de los Arturo (Prat y Godoy). Y no era extraño, esta ciudad siempre fue la frontera norte con el Perú. En consecuencia había que mantener un fuerte contingente militar. En el puerto, había cerca de cinco regimientos. Nos criamos, los iquiqueños, viendo a diario a los militares en la calle, ya sea desfilando o haciendo deporte, o bien, paseando en las noches por la avenida Balmaceda o la Plaza Prat. Los militares fueron parte del paisaje urbano de esta ciudad donde se inmolaron los obreros en la escuela Santa María aquel 21 de diciembre de 1907. Pinochet vivió un buen par de años en Iquique. Me referiré sólo a la última etapa. Es decir, a los de los años 70. El 30 de enero de 1969, asume como General de la Sexta División de Ejército. En ese mismo año, pero en octubre, asume como Intendente subrogante, reemplazando al Luis Jaspard, militante de la Democracia Cristiana. Cada vez que éste se ausentaba, Pinochet asumía sus funciones. En tal condición hizo un par de declaraciones. Esta, por ejemplo: “10 dirigentes del Mir han llegado clandestinamente” (La Estrella de Iquique, 10 de junio de 1969). Hay que recordar que Iquique era una ciudad pequeña que tenía solamente 60 mil habitantes. El general rápidamente se inserta en la vida social. Una prueba de ello, es que una población de la ciudad llevó su nombre, al igual que un club deportivo. La derecha local no tarda en ofrecerle hospitalidad. No es exagerado afirmar, que el general, en la ciudad donde nació el movimiento obrero, se haya hecho anti-comunista. Su amistad con descendientes españoles como Tomás Tuset, entre otros, todos franquistas, permiten elaborar esa hipótesis. Otro dato, su hija mayor se casa en Iquique, con Julio Ponce. La vida social de “La Estrella de Iquique”, el periódico de la cadena de “El Mercurio” cubre el evento. Es la década de los 70. No obstante, hay dos coincidencias que quiero hacer resaltar aquí. Una tiene que ver con el azar y la otra con la voluntad. Iquique celebra su aniversario, no el 21 de mayo, sino que el 25 de noviembre, fecha en la que se celebra la primera sesión muncipal bajo la soberanía chilena. Esa misma fecha es el nacimiento de Pinochet. Coincidencia histórica que no es posible reparar. Y la segunda es un hecho que bien vale la pena rectificar. El día 29 de enero de 1971, la Ilustre Municipalidad de Iquique, lo declara “Ciudadano Ilustre”. El regidor que actuaba como alcalde, en reemplazo de Jorge Soria, que estaba ausente de la ciudad, Carlos Díaz Leyton, propuso la medida. Los argumentos que se esgrimieron para tal distinción fueron los siguientes: “Ha quedado confirmada que la actuación de este distinguido miembro de las Fuerzas Armadas de Chile ha sido relevante y en forma especial en las numerosas oportunidades que asumió como Intendente subrogante de la provincia, méritos que lo hacen acreedor a una distinción honorífica” (La Estrella de Iquique, 29 de enero de 1971). Subrayo la palabra rectificar, ya que no es posible que siga manteniendo tal categoría quien mandará a ejecutar a Freddy Taberna y a tantos otros inocentes en Chile. Nombro a este iquiqueño, porque no me cabe la menor duda, que más de alguna vez se habrán encontrado en la ciudad, que recibió con sus mamparas abiertas a este joven militar. El cuerpo de este geógrafo del barrio El Morro, aún no se encuentra. Junto a otros fue asesinado en Pisagua. Ahora que la justicia empieza a llegar. Es bueno que la Ilustre Municipalidad de Iquique, en un acto que la dignificaría, proceda a retirarle ese signo de distinción. No es posible que comparta ese honor con humildes hombres y mujeres de la ciudad como Willy Zegarra, Victoriano Caqueo, Ariel Standen o Rubén Loayza. Gente humilde que no robó. Gente que no ha matado a nadie. |
Friday, October 28, 2005
Ciudad intervenida
Iquique es una ciudad que ha sido sujeta, consciente o inconscientemente, a lo largo de su historia a tres intervenciones urbanas. La primera la podemos ubicar en el esplendor del salitre. Se caracteriza por el paso de la caleta a puerto. Es la etapa de consolidación de los asentamientos humanos populares y costeros como Cavancha, El Colorado, El Morro, entre otros. Sobre los mismos se consolidan los barrios populares con sus propias estructuras comunitarias como el club deportivo. De esta etapa es el Yungay y el Maestranza sólo por nombrar a los más antiguos. Es también la época de la construcción de la calle Baquedano. De la Plaza Prat, del Teatro Municipal, del Palacio Astoreca, del Casino Español, de la Sociedad Protectora de Empleados y en tiempos del Perú de la Aduana. Es el tiempo de las Colonias como el Circulo Italiano, el Chung Hwa, entre otros, que alzan sus edificios. La segunda gran intervención urbana acontece en el período de la crisis de los años 30 del siglo recién pasado. Y termina en los años 70. Es el abandono por parte de la élites salitreras de su casa en el casco antiguo de la ciudad. La Iglesia Anglicana, por ejemplo, por falta de fieles de esa denominación queda abandonada al igual que la masonería anglosajona. Los 60, son los años del parque o del camino como le decíamos los iquiqueños. Pero ya no de ese parque amable, colonial, de madera y gansos que terminaba en el cancha Manuel Castro Ramos. En ese viejo parque del que sólo quedan viejas fotos se expresaba la sociabilidad de ese Iquique ni ancho ni ajeno. Es el tiempo de las ollas comunes. La sombra, años más tarde del Puerto Libre de Arica hace que el Estado construya ciertos edificios como el Colectivo O’Higgins. Anteriormente se une el puerto con la Isla Serrano, se construye el Hospital Regional. A fines de los años 50, en el sector popular, nace la población San Carlos, el Barrio Norte Hospital y más hacia el sur, la población Caupolicán. Todo ello bajo la óptica de la autoconstrucción y sin ningún tipo de planificación. Son asentamientos provisorios que terminan siendo definitivos. La tercera intervención urbana ocurre con la Zona Franca y con el ideal de convertir a la ciudad en una atracción turística. El sector norte se reconfigura. Sobre los terrenos del ferrocarril y sobre las canchas del Iquitados se alza la Zofri. Al otro extremo, sobre el ex-aeropuerto, se edifica el mall. La ciudad crece hacia el sur, en donde se instala el cementerio privado. Los condominios se multiplican en todas sus vertientes. Antes, las torres como la del edificio del Atalaya, habían inaugurado la tendencia de crecer hacia arriba. Pero ocurre también el deterioro de los barrios populares aquellos nacidos bajo el sol del salitre. Dicen que es una ciudad que progresa. No me trago ese argumento. |
Cosmopolitas
El espíritu cosmopolita del norte grande de Chile, y en especial de Iquique, es algo que la literatura (novela y cuento) y el ensayo, ha narrado certeramente. Luis González Zenteno, el escritor iquiqueño, por ejemplo, en una mirada sobre el habitante del norte grande dice: “Arica es tranquila; Iquique, desenfrenada; Antofagasta, circunspecta. En la fineza ariqueña hay muchas gotas de sangre peruana; en el desenfadado iquiqueño, la muestra inconfundible del cosmopoliticismo, y en la gravedad antofagastina, el orgullo de las grandes capitales, en que el traje de etiqueta empieza a ser una necesidad. Empero, hay un nexo común que las une: el embrujo del páramo”. En relación a las nacionalidades que habitaron el puerto el autor ya citado dice: “Sin embargo, no le desagradaba del todo, ese italiano peludo, locuaz, de crespos cabellos cobrizos y cara nutrida de tallarines” (González 1954: 9). Y agrega en otro párrafo de su novela “Caliche”: “En el negocio de los Lozán se apretujaban los parroquianos y los chinos solícitos parecían gladiadores detrás del mostrador. Botellas y vasos chocaban alegremente” (González 1954: 37). Nicomedes Guzmán, en su novela “La luz viene del mar” (1963, 121), crea personajes aymaras, chinos, griegos, noruegos, chilenos, etc. “-Qué hay, Griego?- le saludó afablemente Martín Kuntz, el Noruego, bien conocido como el cuidador de la chata ‘Luciérnaga’”. Pasos y voces de todo el mundo se quedaron aquí a fundar una nueva convivencia. Este desierto con sus costas abrigadas le ofrecieron el asilo. Más de cien años de cruce de sangre, de color de piel, de lengua han dado por resultado este tipo humano llamado nortino. El iquiqueño, el pisagüino, el tocopillano, el taltalino, el ariqueño, el antofagastino, es producto de esa fusión que el salitre provocó y realizó. No hay pureza en nuestra sangre. Somos hijos de la fusión. Aquí el griego se casó con la coloraína, el chino con la morrina, el plaza-ariqueño con la croata. Riegan nuestro desierto los apellidos que sonaban extraños, los Mac Donalds, los Pascal, los Olcay, los Lozán, los Ostoic, los Chung, los Lee, los Evans. Y se mezclaron con los Jiménez, los Salinas, los Carmona, los Domínguez, los Galleguillos. Y esa es nuestra fortaleza; sabernos parte de una historia que se hizo con todos los paisajes del mundo. El iquiqueño hizo caso omiso de las fronteras “naturales” (las fronteras siempre son construcciones culturales). La cordillera y el mar no fueron visto como tales. Fueron puertas de entradas. Y puertas abiertas, de par en par, tal cual esas mamparas de ese puerto que ya no existe, que invitan al té con yerba luisa de las cuatro en punto. Este espíritu cosmopolita creado por la civilización del salitre, es un preciado capital cultural. De ese espíritu nos alimentamos. Ahí radica buena parte de nuestra forma de ser. Nos sirvió para abrirnos al mundo, pero también para resistir. |
Monday, August 29, 2005
Carlos Forestier
"Cuando pasaba hasta los perros dejaban de ladrar". Así era el nazi Forestier. Así lo percibíamos los iquiqueños en esos años duros de represión y de consumismo. A partir del 11 de septiembre de 1973, la vida cotidiana nunca más volvería ser la de antes. Desde el 1975, año de la instauración de la Zofri, a través del consumismo tratamos de olvidar la pesadilla que en la tierra de campeones, instauró Foresteir por encargo de Pinochet.
La Caravana de la Muerte no llegó a Iquique. No era necesaria. Estaba Forestier. El mismo llamaba a la muerte. El mismo firmaba las sentencias. El funeral que su yerno le prepara, Forestier se lo negó a la familia de Freddy Taberna, de Rodolfo Fuenzalida y del Comité Regional del Partido Socialista de Iquique.
En la historia del terror del norte grande de Chile, el nombre de Carlos Forestier Haensgen, cohabitará con el de Roberto Silva Renard, que ordenó la masacre a los obreros de la Escuela Santa María, aquel 21 de diciembre de 1907.
Carlos Forestier Haensgen murió a los 85 años. Murió con el dolor que el cáncer le provocó. No con el dolor de haber causado el dolor que causó. No murió como viejo sabio. Es decir, arrepentido e indicando que hizo con los huesos y la barba de Freddy Taberna. En ese sentido fue un militar hecho a imagen y semejanza de Pinochet. O sea un militar de eso que no queremos formar en nuestros ejércitos.
Los perros en Iquique se callaban cada vez que Carlos Forestier Haensgen, en su jeep y con guardaespaldas, subía -creyéndose dueño de la ciudad-, por la calle Tarapacá, rumbo al regimiento Telecomunicaciones, para ordenar quien seguía con vida y quien no. Su nombre, hay que admitirlo, nos daba miedo.
En silencio, de boca en boca, entre guiños e impotencia, distribuíamos el apodo que el pueblo le había inventado: "perro". Era una forma de esquivar al miedo. Era una forma de resistir.
Su muerte no nos da pena. Que pena.
Sunday, August 21, 2005
King Service
Habría que preguntarle a don Pablo Daub porque le puso como le puso a su lavaseco, siendo él un hijo de Alá, aunque hoy camine por otros caminos, pero siempre cerca del bien. Estaba ubicado en Thompson 666. Lo cierto es que todo o casi todo Iquique enviaba sus pilchas a este local de la calle Thompson que olía a limpio. Era un ritual singular. Se entraba hasta con cierta vergüenza con el paltó con sebo y se salía con uno impecable como si lo hubiese confeccionado el sastre Vera-Pinto o el singular Señor Bruna en la feria Persa. Las fichas que le amarraban al pantalón, al lado del bolsillo de perro, nos daban una seguridad, que pensandolo bien, no era tanta. Pero, que se recuerde, a nadie le entregaron un camisa o una chalequina que no fuera la suya. Si a usted le ocurría la desgracia de perder la boleta, cosa más bien habitual, tenía que presentarse con “cara de yo no fui”, y revisar una a una el taco de comprobantes. Yo perdí varias, y muchas de ellas en forma intencional. El agrado sociológico consistía en averiguar quién y qué ropa había enviado a lavar. Esos libros que espero que don Pablo me regalé uno, por lo menos, eran la memoria de la higiene iquiqueña. Desfilaba la más noble de la burguesía local y de la clase media que se las arreglaba por lucir el traje de parada, el 21 de mayo, en forma digna. Si no había ropa nueva, por lo menos, estaba limpia.
Eso de que la ropa sucia se lava en casa, jamás le agradó a este árabe que se hizo cavanchino, y por ende más iquiqueño que muchos que nacieron acá. Siempre estuvo donde debía estar, o casi siempre.
El cierre del King Service acompaña al Café Diana, al Mono Panchito, a Helados Gaymer, a Fotos Ruben’s y tantos otros. Le sigue ahora este lavaseco que se las arregló para inspirar confianza en una época que poner banderas negras en Iquique se hacía de veras y no como un recurso electoral.
El King Service era casi una máquina a vapor. Sus operarios eran la metáfora de la revolución industrial, sobre todo cuando el agua se evaporaba y no nos dejaba ver a menos de un metro. Los paltós, chalequinas y camisas colgadas transpiraba la más absoluta de las higiene. Sus calderas eran los pulmones de una ciudad que quería lavar sus pecados más abyectos.
Don Pablo me contó que un parroquiano lo llamó a su casa a eso de las tres de la madrugada, un día sábado. Angustiado le pidió una paleteada. Perdido en la bohemia, una mujer, que dicen fácil, le había marcado en su camisa blanca “wash and wear”, un beso color rojo, tan intenso como la pasión que lo embargaba. Tenía que volver a su hogar. Pero, la marca era su perdición. No sé si don Pablo, lo habrá socorrido.
Revisando su historia en Iquique, sus campañas por obras filantrópicas, creo que sí. Lo cierto, es que si usted tiene una prenda que retirar del King Service, hágalo a la brevedad, ya que sus puertas están cerrando. Y si no tiene nada, igual vaya, salude a don Pablo y agradezcale su amor por Iquique. Después de todo el King Service es la mejor muestra de como un “afuerino” se la jugó por la patria en época en que vivir aquí era casi un castigo... para los que venían del sur de nuestras fronteras.
Eso de que la ropa sucia se lava en casa, jamás le agradó a este árabe que se hizo cavanchino, y por ende más iquiqueño que muchos que nacieron acá. Siempre estuvo donde debía estar, o casi siempre.
El cierre del King Service acompaña al Café Diana, al Mono Panchito, a Helados Gaymer, a Fotos Ruben’s y tantos otros. Le sigue ahora este lavaseco que se las arregló para inspirar confianza en una época que poner banderas negras en Iquique se hacía de veras y no como un recurso electoral.
El King Service era casi una máquina a vapor. Sus operarios eran la metáfora de la revolución industrial, sobre todo cuando el agua se evaporaba y no nos dejaba ver a menos de un metro. Los paltós, chalequinas y camisas colgadas transpiraba la más absoluta de las higiene. Sus calderas eran los pulmones de una ciudad que quería lavar sus pecados más abyectos.
Don Pablo me contó que un parroquiano lo llamó a su casa a eso de las tres de la madrugada, un día sábado. Angustiado le pidió una paleteada. Perdido en la bohemia, una mujer, que dicen fácil, le había marcado en su camisa blanca “wash and wear”, un beso color rojo, tan intenso como la pasión que lo embargaba. Tenía que volver a su hogar. Pero, la marca era su perdición. No sé si don Pablo, lo habrá socorrido.
Revisando su historia en Iquique, sus campañas por obras filantrópicas, creo que sí. Lo cierto, es que si usted tiene una prenda que retirar del King Service, hágalo a la brevedad, ya que sus puertas están cerrando. Y si no tiene nada, igual vaya, salude a don Pablo y agradezcale su amor por Iquique. Después de todo el King Service es la mejor muestra de como un “afuerino” se la jugó por la patria en época en que vivir aquí era casi un castigo... para los que venían del sur de nuestras fronteras.
Saturday, August 20, 2005
Reyes y reinas
Una mujer de la población La Legua se acaba de declarar “Reina de la pasta base”. El escándalo ha cundido como si se tratara de la presencia, en el parque temático de Cavancha de Osama Ben Laden. Esto no es nada nuevo en nuestra cultura. No en vano, hace varias décadas atrás nos autodefinimos como “Los ingleses del Pacífico”.
¿Qué significa eso? Significa primero que nada que tenemos un extraordinario sentido del humor. Y además, hacemos gala de una ironía tan fin y tan calculada, que sólo la podemos entender como una forma de herir a los ingleses. Proclamarse que nos parecemos a quienes, no tenemos por donde, es precisamente una declaración de guerra. De hecho nuestra puntualidad tan impuntual, y nuestro ancestral amor a los animales, constituyen la otra cara de la moneda. Al decir de muchos, la verdadera. Y esta actitud y esta manera de ser, es sin duda alguna, un rasgo latinoamericano. Ya lo decía ese filósofo que se enredaba con la gramática, cuando al acudir a recibir a una visita que llegaba por el Ferrocarril -impuntual por definición- quedó estupefacto al saber que el mismismo tren, como nunca, había llegado a la hora. Nuestro Mario Moreno exclamó de un modo que sólo puede ser nuestro: “Con esa puntualidad no sé dónde vamos a llegar”.
Baste revisar nuestra cartografía nobiliaria para dar cuenta de las características ya antes mencionadas: humor e ironía. El “Rey del Mote con Huesillos” atiende con una flema y puntualidad que cualquier miembro de la corte la quisiera. Y que vamos a decir del “Rey del Pescado Frito”, un hombre que maneja la sartén y el aceite como Sir Stanley manejaba la escopeta allá en el Africa ardiente. Y podemos sumar y seguir: El “Rey de los pistones”, el “Rey de los barquillos”. O el famoso y filántropo “Rey de las palomitas”. En nuestra cárcel habita, entre muchos otros, “El Rey de la Fuga”. Adivinen por qué.
La historia iquiqueña ha estado repleta de estos personajes. Si antes no fueron reyes, es porque eran antimonarquicos. Por ejemplo, el “Dr. de los Radiadores”, que en los años 60, atendía a los escasos vehículos que corrían por el “camino” rumbo a Cavancha. O aquel fantasioso personaje que no quiso ser ni Rey ni Doctor, lo suyo era la magia. De allí que se autodenominó: “El Mago de la Goma”.
Otro rasgo eminentemente nuestro, o sea, iquiqueño, consiste en encontrar las versiones de personajes famosos en las calles o parados en las esquinas. Así tuvimos al Charles Aznavour local, al Yaco Monti o al Sandro iquiqueño. El colmo fue una tarde cualquiera, cuando el observador de siempre, es decir, un habitante de la Plaza Arica, vio a un rubio iquiqueño, y le gritó Jimmy Carter. Hoy en Genaro Gallo, un taller mecánico, lleva el nombre de ese presidente de los Estados Unidos. Pero, no todos reaccionaban con simpatía, humor e ironía. Un barquillero que se hizo famoso por salir en la revista del corazón “Cine Amor” y que en consecuencia se ganó ese apodo, lanzaba palabras, para ese entonces de grueso calibre, a quien osara recordarle su paso por las hojas en que el “Pato” Pineda besaba a la bella Carmen Huerta.
“La reina de la pasta base”, sin embargo, nos revela otra realidad. En un país que desea enviar soldados a Afganistán, donde se prohibe la píldora del día después, y en la que casi nadie tiene claridad por quien van a votar en diciembre, la figura de esta mujer, entre ironía y sentido del humor, nos señala que algo huele mal. El injustamente humor llamado negro, tiene su lucidez.
¿Qué significa eso? Significa primero que nada que tenemos un extraordinario sentido del humor. Y además, hacemos gala de una ironía tan fin y tan calculada, que sólo la podemos entender como una forma de herir a los ingleses. Proclamarse que nos parecemos a quienes, no tenemos por donde, es precisamente una declaración de guerra. De hecho nuestra puntualidad tan impuntual, y nuestro ancestral amor a los animales, constituyen la otra cara de la moneda. Al decir de muchos, la verdadera. Y esta actitud y esta manera de ser, es sin duda alguna, un rasgo latinoamericano. Ya lo decía ese filósofo que se enredaba con la gramática, cuando al acudir a recibir a una visita que llegaba por el Ferrocarril -impuntual por definición- quedó estupefacto al saber que el mismismo tren, como nunca, había llegado a la hora. Nuestro Mario Moreno exclamó de un modo que sólo puede ser nuestro: “Con esa puntualidad no sé dónde vamos a llegar”.
Baste revisar nuestra cartografía nobiliaria para dar cuenta de las características ya antes mencionadas: humor e ironía. El “Rey del Mote con Huesillos” atiende con una flema y puntualidad que cualquier miembro de la corte la quisiera. Y que vamos a decir del “Rey del Pescado Frito”, un hombre que maneja la sartén y el aceite como Sir Stanley manejaba la escopeta allá en el Africa ardiente. Y podemos sumar y seguir: El “Rey de los pistones”, el “Rey de los barquillos”. O el famoso y filántropo “Rey de las palomitas”. En nuestra cárcel habita, entre muchos otros, “El Rey de la Fuga”. Adivinen por qué.
La historia iquiqueña ha estado repleta de estos personajes. Si antes no fueron reyes, es porque eran antimonarquicos. Por ejemplo, el “Dr. de los Radiadores”, que en los años 60, atendía a los escasos vehículos que corrían por el “camino” rumbo a Cavancha. O aquel fantasioso personaje que no quiso ser ni Rey ni Doctor, lo suyo era la magia. De allí que se autodenominó: “El Mago de la Goma”.
Otro rasgo eminentemente nuestro, o sea, iquiqueño, consiste en encontrar las versiones de personajes famosos en las calles o parados en las esquinas. Así tuvimos al Charles Aznavour local, al Yaco Monti o al Sandro iquiqueño. El colmo fue una tarde cualquiera, cuando el observador de siempre, es decir, un habitante de la Plaza Arica, vio a un rubio iquiqueño, y le gritó Jimmy Carter. Hoy en Genaro Gallo, un taller mecánico, lleva el nombre de ese presidente de los Estados Unidos. Pero, no todos reaccionaban con simpatía, humor e ironía. Un barquillero que se hizo famoso por salir en la revista del corazón “Cine Amor” y que en consecuencia se ganó ese apodo, lanzaba palabras, para ese entonces de grueso calibre, a quien osara recordarle su paso por las hojas en que el “Pato” Pineda besaba a la bella Carmen Huerta.
“La reina de la pasta base”, sin embargo, nos revela otra realidad. En un país que desea enviar soldados a Afganistán, donde se prohibe la píldora del día después, y en la que casi nadie tiene claridad por quien van a votar en diciembre, la figura de esta mujer, entre ironía y sentido del humor, nos señala que algo huele mal. El injustamente humor llamado negro, tiene su lucidez.
Iquique/ Buenos Aires
Conozco Buenos Aires gracias a Jorge Luis Borges. Es más, creo saberme algunas calles de memoria. Tengo grabado los olores de sus arrabales y de tarde en tarde, mirando al Sur de Iquique, puedo ver la figura de los hermanos Iberra. Nunca he estado en Buenos Aires, pero la poética del ciego universal, me la trae a diario, viajando en sus libros.
En tiempo de globalización y de Mc Donald, la identidad -esa demanda a veces inflacionada- se pasea en los versos de Borges con una familiaridad, pocas veces vista.
Su primera obra “Fervor de Buenos Aires” ya nos anuncia una constante en su poesía. La ciudad reiventada en cada frase; los personajes atado al destino y a la fatalidad; el cuchillo el instrumento preferido para alcanzar el consenso, aunque se llame y se le nombre como la muerte. En Borges, la ciudad es un gran espejo. La figura que nos devuelve, no siempre corresponde a quien se la ofrece.
“Y la ciudad es ahora, como un plano de mis humillaciones y de mis fracasos”. está clato la ciudad es más que edificios y calles. En otra, denotando el amor siempre ambiguo, así por ejemplo: “No nos une el amor, sino el espanto, será por eso que la quiero tanto”. Territorio de contrastes, aparece como una prolongación del ser más íntimo que en definitiva puebla la ciudad.
En Borges no hay cabida para la distinción dual y cartesiana entre ficción y realidad. Ambas conviven y se conjugan con natural familiaridad. De allí que Buenos Aires aireado como tribu, en su “Fundación Mitológica...”, se recrea en una suerte de juego y de ritual inacabado. La ciudad es el paraíso donde siempre el mal acecha, ya no en forma de manzana, sino como daga, puñal o simplemente como muerte.
El Fervor de Iquique tiene sus propios aires, sus propias dagas. El Chico del Puerto, paseó su fama -como la de los Iberras- por los zaguanes de la ciudad con banderas negras. Sobre él cayo la maldición de ser el más malo entre los malos. El Colorado, para ese entonces, sólo había sido descrito por Nicomedes Guzmán en su “Luz viene del mar”. Nos falta y nos sigue faltando el Borges nuestro. Así como nos falta la novela que recoja la épica deportiva, o la tradición tiraneña, carecemos del poema que nos relate y nos retrate de cuerpo y alma entera. Ahí están los héroes: el Tani, los dos arturos, el rucio ardiente de la escuela Santa María, los inmolados en cualquier reyerta de barrio popular: aquellos que con el ceremonial del cuchillo degollaron hasta la luna, una noche cualquiera.
Borges reinventa la ciudad. Imagina como fue fundada echando de menos la vereda del frente. Es la épica de una ciudad que al igual que la nuestra, se pobló en el mil novecientos de acentos extraños, que terminaron seducidos por el tango y la milonga. Hay que reinventar a este Iquique tan nuestro y tan extraño, tan odiable y tan amable, a veces. Falta, insisto, el Borges iquiqueño.
En tiempo de globalización y de Mc Donald, la identidad -esa demanda a veces inflacionada- se pasea en los versos de Borges con una familiaridad, pocas veces vista.
Su primera obra “Fervor de Buenos Aires” ya nos anuncia una constante en su poesía. La ciudad reiventada en cada frase; los personajes atado al destino y a la fatalidad; el cuchillo el instrumento preferido para alcanzar el consenso, aunque se llame y se le nombre como la muerte. En Borges, la ciudad es un gran espejo. La figura que nos devuelve, no siempre corresponde a quien se la ofrece.
“Y la ciudad es ahora, como un plano de mis humillaciones y de mis fracasos”. está clato la ciudad es más que edificios y calles. En otra, denotando el amor siempre ambiguo, así por ejemplo: “No nos une el amor, sino el espanto, será por eso que la quiero tanto”. Territorio de contrastes, aparece como una prolongación del ser más íntimo que en definitiva puebla la ciudad.
En Borges no hay cabida para la distinción dual y cartesiana entre ficción y realidad. Ambas conviven y se conjugan con natural familiaridad. De allí que Buenos Aires aireado como tribu, en su “Fundación Mitológica...”, se recrea en una suerte de juego y de ritual inacabado. La ciudad es el paraíso donde siempre el mal acecha, ya no en forma de manzana, sino como daga, puñal o simplemente como muerte.
El Fervor de Iquique tiene sus propios aires, sus propias dagas. El Chico del Puerto, paseó su fama -como la de los Iberras- por los zaguanes de la ciudad con banderas negras. Sobre él cayo la maldición de ser el más malo entre los malos. El Colorado, para ese entonces, sólo había sido descrito por Nicomedes Guzmán en su “Luz viene del mar”. Nos falta y nos sigue faltando el Borges nuestro. Así como nos falta la novela que recoja la épica deportiva, o la tradición tiraneña, carecemos del poema que nos relate y nos retrate de cuerpo y alma entera. Ahí están los héroes: el Tani, los dos arturos, el rucio ardiente de la escuela Santa María, los inmolados en cualquier reyerta de barrio popular: aquellos que con el ceremonial del cuchillo degollaron hasta la luna, una noche cualquiera.
Borges reinventa la ciudad. Imagina como fue fundada echando de menos la vereda del frente. Es la épica de una ciudad que al igual que la nuestra, se pobló en el mil novecientos de acentos extraños, que terminaron seducidos por el tango y la milonga. Hay que reinventar a este Iquique tan nuestro y tan extraño, tan odiable y tan amable, a veces. Falta, insisto, el Borges iquiqueño.
"De vez en cuando la vida"
En la novela “Los Pampinos”, Luis González Zenteno escribe: “La muerte, es lo único que nos espera, y ya que es ése nuestro trágico destino, tengamos un gesto viril, muramos peleando”. Se refería a los sucesos de La Coruña, ocurrido en junio de 1925. Allí, un grupo de trabajadores bajo el liderazgo de Luis Garrido, se toman esa oficina y resisten al Ejército.
Alguien comenta que en el norte grande hay más muertos que vivos. El arqueólogo Lautaro Núñez afirma que Pisagua es un cementerio con vista al mar. Y tienen razón. La historia del norte grande es una gran sucesión de hechos trágicos: terremotos, guerras y contrarrevoluciones, matanzas, accidentes y epidemias. Todo ello cubre buena parte de nuestra biografía socio-cultural.
La idea que un terremoto arrase con la ciudad, con sus bellezas y sus fealdades, con sus malls y sus plazas, sus iconos y sus emblemas, sus parques temáticos y de los otros, no es nada nuevo. La historia sísmica de la región está llena de fenómenos telúricos que han destruido más de una vez la ciudad. E Iquique cual ave fénix ha sido levantarse de sus escombros. La historia y sus páginas en el norte grande están llenas de muertes. Todo ello tiene que ver con nuestra identidad cultural.
De allí que el análisis de fenómenos naturales como incendios, pestes, terremotos y maremotos; de fenómenos religiosos como la extraordinaria peregrinación a La Tirana, a las animitas como la Kenita o San Martín, o del carnaval; de fenómenos deportivos como la figura del Tani y su derrota en Estados Unidos; de eventos militares como el holocausto de Prat; de represión obrera, como Santa María, Pisagua, Once de Septiembre; de fenómenos económicos como la explotación de plata en Huantajaya, del salitre, de la pesca, de la Zofri y de las mineras; de fenómenos como la explosión de Cardoem, la muerte de la jóvenes en Alto Hospicio, ayudan a formar un actitud ante el futuro de doble significación. Por un lado de optimismo, y por otro de pesimismo, de confianza y de escepticismo. Este sentido paradojal es el que define la actitud del iquiqueño, actitud cercana al sentido de la tragedia.
Los iquiqueños sabemos que el confort es algo pasajero y transitorio. Lo nuestro parece ser la crisis. En ella nos movemos como el pez en el agua. ¿De qué nos sirve ahorrar si sabemos que la muerte natural o la otra, nos echará por el suelo nuestros sueños? Una anécdota. Habiendo sobrado dinero que un curso había juntado en el transcurso del año, se me ocurrió la idea de guardarlo para el próximo período. Una apoderada, seria y circunspecta, me contestó: “De ninguna manera, hay que gastarselo ahora, de lo contrario trae mala suerte”.
Los momentos más intensos de nuestra vida social parece estar radicados en la crisis y en los carnavales. Entre ambos hay un puente invisible que los conecta. Son como las caras de una misma moneda. Detrás de un iquiqueño, siempre hay una bandera negra, presta para ser enarbolada. Detrás de un iquiqueño siempre hay un motivo para celebrar la vida. Detrás de un iquiqueño siempre hay un muerto que lamentar.
Alguien comenta que en el norte grande hay más muertos que vivos. El arqueólogo Lautaro Núñez afirma que Pisagua es un cementerio con vista al mar. Y tienen razón. La historia del norte grande es una gran sucesión de hechos trágicos: terremotos, guerras y contrarrevoluciones, matanzas, accidentes y epidemias. Todo ello cubre buena parte de nuestra biografía socio-cultural.
La idea que un terremoto arrase con la ciudad, con sus bellezas y sus fealdades, con sus malls y sus plazas, sus iconos y sus emblemas, sus parques temáticos y de los otros, no es nada nuevo. La historia sísmica de la región está llena de fenómenos telúricos que han destruido más de una vez la ciudad. E Iquique cual ave fénix ha sido levantarse de sus escombros. La historia y sus páginas en el norte grande están llenas de muertes. Todo ello tiene que ver con nuestra identidad cultural.
De allí que el análisis de fenómenos naturales como incendios, pestes, terremotos y maremotos; de fenómenos religiosos como la extraordinaria peregrinación a La Tirana, a las animitas como la Kenita o San Martín, o del carnaval; de fenómenos deportivos como la figura del Tani y su derrota en Estados Unidos; de eventos militares como el holocausto de Prat; de represión obrera, como Santa María, Pisagua, Once de Septiembre; de fenómenos económicos como la explotación de plata en Huantajaya, del salitre, de la pesca, de la Zofri y de las mineras; de fenómenos como la explosión de Cardoem, la muerte de la jóvenes en Alto Hospicio, ayudan a formar un actitud ante el futuro de doble significación. Por un lado de optimismo, y por otro de pesimismo, de confianza y de escepticismo. Este sentido paradojal es el que define la actitud del iquiqueño, actitud cercana al sentido de la tragedia.
Los iquiqueños sabemos que el confort es algo pasajero y transitorio. Lo nuestro parece ser la crisis. En ella nos movemos como el pez en el agua. ¿De qué nos sirve ahorrar si sabemos que la muerte natural o la otra, nos echará por el suelo nuestros sueños? Una anécdota. Habiendo sobrado dinero que un curso había juntado en el transcurso del año, se me ocurrió la idea de guardarlo para el próximo período. Una apoderada, seria y circunspecta, me contestó: “De ninguna manera, hay que gastarselo ahora, de lo contrario trae mala suerte”.
Los momentos más intensos de nuestra vida social parece estar radicados en la crisis y en los carnavales. Entre ambos hay un puente invisible que los conecta. Son como las caras de una misma moneda. Detrás de un iquiqueño, siempre hay una bandera negra, presta para ser enarbolada. Detrás de un iquiqueño siempre hay un motivo para celebrar la vida. Detrás de un iquiqueño siempre hay un muerto que lamentar.
Iquiqueños en el mundo
La identidad local, explicita o implícita, transcurre no sólo por nuestras veredas, fuentes de sodas, peluquerías, bazares, incendios, carnavales, casas de tolerancia, piqueros en Cavancha, búsqueda de brillantina en el cerro, jibias varadas, pescar baratas en las alcantarillas, despachos, casas con placas con el nombre del practicante, lavar los paltós en el King Service, morirse con La Humanitaria, desfiles a Arturo Prat, sino que también se reproduce fuera de nuestras fronteras.
Más allá del cerro Dragón, más allá del Marinero Desconocido, más allá de la Ballenera y más allá de la balsa de Cavancha -que ya no está- los hijos predilectos de Iquique siguen reproduciendo nuestra identidad. Asumen eso sí, la identidad de una forma explícita que se eleva aún más con la fuerza de la nostalgia. Se descubren iquiqueños en la diáspora, en ese territorio donde ya no es natural lo que se hizo por tanto años. Así por ejemplo, iquiqueños en el sur, para recibir el año nuevo, queman salnitrón, ante la mirada incrédula de los sureños. Tocan la Reina del Tamarugal cada 16 de julio estén en Amsterdam o en Pekín. Bailan un trotecito en Hamburgo, le convidan un chumbeque a un neoyorquino como para que prueben lo que se están perdiendo. En Santiago, cada 21 de mayo, en el Estadio Italiano, la grey se junta a escuchar la arenga de Prat y a cantar el himno a Iquique. Alguien me contó que en una ciudad del sur, se armó espontáneamente un grupo que desfiló un día del Combate Naval. Es que el desfilar es también parte de lo que somos.
Producto de la crisis de los años 30 buena parte de la población se subió al Longitudinal o bien se embarcó en el muelle de pasajeros. Voy y vuelto, decían triste. Sin embargo, muchos jamás regresaron. Pero, eso no ha impedido que sigan nostalgiando el puerto que dejaron. Luis Advis, por ejemplo, escribió la Cantata de la Escuela Santa María, a fuerza, creo, de padecer pensión -echar de menos en castellano-; Carlos Guerrero Don Pampa retrató en la revista Estadio cuantas veces pudo a la tierra de campeones. Pedro Bravo Elizondo, investigó desde Estados Unidos, donde es profesor, el teatro y literatura obrera. Oscar Hahn escribió un maravilloso poema a Iquique aún inédito. Juan Ostoic, Juan José Gallo, Carlos Vera, Carmelo Musa, Humberto Loayza y un largo etcétera, se alimentaron del compromiso de ser iquiqueños para llegar al lugar donde están... Otros después del 73 y casi con lo puesto tuvieron que dejar la patria chica y la grande. En Copenhagen, los Caroca echaban de menos al Iquique de los trabajos voluntarios; en Frankfourt, Iván Barbaric, escuchaba cuanta veces podía la cinta en que Deportes Iquique, se proclamó campeón de Chile. En Madrid, el Negro Sironavalle, el dentista, construyó parte de su casa con maderas de demolición del regimiento Carampangue.
Lejos del puerto, la identidad aflora aún más fuerte. Fuera de los Zigzag, el himno a Iquique es una antídoto contra la depresión, el chumbeque, las condesas y lucumies un manjar de los dioses. Un banderín del Yungay o del Sportiva es un amuleto. El New York Times una alpargata vieja en comparación a la prensa local. En el exilio, Roberto Sola es el mejor arquero del mundo.
Más allá del cerro Dragón, más allá del Marinero Desconocido, más allá de la Ballenera y más allá de la balsa de Cavancha -que ya no está- los hijos predilectos de Iquique siguen reproduciendo nuestra identidad. Asumen eso sí, la identidad de una forma explícita que se eleva aún más con la fuerza de la nostalgia. Se descubren iquiqueños en la diáspora, en ese territorio donde ya no es natural lo que se hizo por tanto años. Así por ejemplo, iquiqueños en el sur, para recibir el año nuevo, queman salnitrón, ante la mirada incrédula de los sureños. Tocan la Reina del Tamarugal cada 16 de julio estén en Amsterdam o en Pekín. Bailan un trotecito en Hamburgo, le convidan un chumbeque a un neoyorquino como para que prueben lo que se están perdiendo. En Santiago, cada 21 de mayo, en el Estadio Italiano, la grey se junta a escuchar la arenga de Prat y a cantar el himno a Iquique. Alguien me contó que en una ciudad del sur, se armó espontáneamente un grupo que desfiló un día del Combate Naval. Es que el desfilar es también parte de lo que somos.
Producto de la crisis de los años 30 buena parte de la población se subió al Longitudinal o bien se embarcó en el muelle de pasajeros. Voy y vuelto, decían triste. Sin embargo, muchos jamás regresaron. Pero, eso no ha impedido que sigan nostalgiando el puerto que dejaron. Luis Advis, por ejemplo, escribió la Cantata de la Escuela Santa María, a fuerza, creo, de padecer pensión -echar de menos en castellano-; Carlos Guerrero Don Pampa retrató en la revista Estadio cuantas veces pudo a la tierra de campeones. Pedro Bravo Elizondo, investigó desde Estados Unidos, donde es profesor, el teatro y literatura obrera. Oscar Hahn escribió un maravilloso poema a Iquique aún inédito. Juan Ostoic, Juan José Gallo, Carlos Vera, Carmelo Musa, Humberto Loayza y un largo etcétera, se alimentaron del compromiso de ser iquiqueños para llegar al lugar donde están... Otros después del 73 y casi con lo puesto tuvieron que dejar la patria chica y la grande. En Copenhagen, los Caroca echaban de menos al Iquique de los trabajos voluntarios; en Frankfourt, Iván Barbaric, escuchaba cuanta veces podía la cinta en que Deportes Iquique, se proclamó campeón de Chile. En Madrid, el Negro Sironavalle, el dentista, construyó parte de su casa con maderas de demolición del regimiento Carampangue.
Lejos del puerto, la identidad aflora aún más fuerte. Fuera de los Zigzag, el himno a Iquique es una antídoto contra la depresión, el chumbeque, las condesas y lucumies un manjar de los dioses. Un banderín del Yungay o del Sportiva es un amuleto. El New York Times una alpargata vieja en comparación a la prensa local. En el exilio, Roberto Sola es el mejor arquero del mundo.
Dos mil iquiqueños
Me han corregido en relación a los veinte mil iquiqueños que quedan. Un amigo más radical me dice que sólo quedamos dos mil auténticos hijos de estas tierras. ¿De dónde sacaste tal afirmación? Es fácil, agregó con cierto tono doctoral. Son los dos mil que siempre puntualmente, y pase lo que pase, van al estadio Tierra de Campeones. Pero doña Zunilda que yo sepa, no es iquiqueña y mete más bulla que orquesta sound. Lo mismo va para Pedro Lobos, repliqué como que no quiere la cosa. Quedose pensativo mi interlocutor, pero volvió a la carga. Lo que pasa es que el fuerte de la gente que va a la galería es cien por ciento iquiqueña. Pelluco, agregó, es intransablemente iquiqueño, lo mismo que Eduardo Espejo. Y puedo agregar a don Pablo Santa Cruz, Héctor Diomedi, Ramón Pérez Opazo, o a Pablo Daub que no nació aquí, pero que es más cavanchino que el gordo Juan López -que dicho sea de paso, me prometió un libro y todavía espero-.
Frente a tamaño argumento no me quedó más que asentir. Después de todo es una buena forma de saber cuantos en realidad aún vibran con esa iquiqueñez, que domingo por medio se nos hace presente. El fútbol, en este caso, representa una forma de identidad vigorosa, por lo mismo que se alimenta de árboles frondosos como es nuestra rica historia. Además este deporte no sólo se practica en la cancha, sino que también en las galerías. Los dos mil irreductibles que llegan al estadio, viven su propia épica tal vez en forma más dramática que los once dragones.
Sin embargo, hay otros tan puros como los anteriores que no van al fútbol, y son más iquiqueños que Julio Villalobos, Guillermo Lara y Flavio Rodríguez -a quienes dedico estas reflexiones-. Algunos sostienen que otra forma de iquiqueñez, es ser peatón. En otras palabras aquellos -no muchos- que no han claudicado frente al espejismo del automóvil. De éstos, no deben quedar más de cuatro. Por ejemplo: Guillermo Jorquera, hombre de teatro que aún anda en micro; Guillermo Ross-Murray, poeta que jamás ha sido visto en taxis, y menos aún, en auto particular; Mario Zolezzi, historiador que no sale del casco viejo de la ciudad; Domingo Sacco, profesor de historia que se movilizaba en su bicicleta de color negro. En fin. Otros como el folklorista Mario Cruz, abandonó el hábito de peatón y se le ve encumbrado en un jeep. Pero que es iquiqueño, lo es. Similar caso es el de Eduardo Carrión. Se moviliza en un Mercedes Benz color blanco, pero sigue usando su chupalla de huaso. ¿Y quien pone en duda su condición de hijo ilustre de Iquique?
Como se puede apreciar, la categoría de la iquiqueñez es dinámica y no puede reducirse a una sola faceta. Ir o no al estadio, tener o no automóvil, son sólo datos superficiales de esta condición.
La iquiquiñez, no es un estado de gracia, pero algo tiene; consiste en sentir orgullo por vivir en una tierra prodigiosa a pesar de la sequedad de su suelo; porque gran parte de la historia patria se escribió en este país; porque aún conservamos el orgullo de haberle dado a Chile, el primer campeón del mundo; porque como dice Santiago Iquique Polanco Nuño: “supimos vencer el olvido/ soportando un ocaso tenaz”.
Frente a tamaño argumento no me quedó más que asentir. Después de todo es una buena forma de saber cuantos en realidad aún vibran con esa iquiqueñez, que domingo por medio se nos hace presente. El fútbol, en este caso, representa una forma de identidad vigorosa, por lo mismo que se alimenta de árboles frondosos como es nuestra rica historia. Además este deporte no sólo se practica en la cancha, sino que también en las galerías. Los dos mil irreductibles que llegan al estadio, viven su propia épica tal vez en forma más dramática que los once dragones.
Sin embargo, hay otros tan puros como los anteriores que no van al fútbol, y son más iquiqueños que Julio Villalobos, Guillermo Lara y Flavio Rodríguez -a quienes dedico estas reflexiones-. Algunos sostienen que otra forma de iquiqueñez, es ser peatón. En otras palabras aquellos -no muchos- que no han claudicado frente al espejismo del automóvil. De éstos, no deben quedar más de cuatro. Por ejemplo: Guillermo Jorquera, hombre de teatro que aún anda en micro; Guillermo Ross-Murray, poeta que jamás ha sido visto en taxis, y menos aún, en auto particular; Mario Zolezzi, historiador que no sale del casco viejo de la ciudad; Domingo Sacco, profesor de historia que se movilizaba en su bicicleta de color negro. En fin. Otros como el folklorista Mario Cruz, abandonó el hábito de peatón y se le ve encumbrado en un jeep. Pero que es iquiqueño, lo es. Similar caso es el de Eduardo Carrión. Se moviliza en un Mercedes Benz color blanco, pero sigue usando su chupalla de huaso. ¿Y quien pone en duda su condición de hijo ilustre de Iquique?
Como se puede apreciar, la categoría de la iquiqueñez es dinámica y no puede reducirse a una sola faceta. Ir o no al estadio, tener o no automóvil, son sólo datos superficiales de esta condición.
La iquiquiñez, no es un estado de gracia, pero algo tiene; consiste en sentir orgullo por vivir en una tierra prodigiosa a pesar de la sequedad de su suelo; porque gran parte de la historia patria se escribió en este país; porque aún conservamos el orgullo de haberle dado a Chile, el primer campeón del mundo; porque como dice Santiago Iquique Polanco Nuño: “supimos vencer el olvido/ soportando un ocaso tenaz”.
Veinte mil iquiqueños
Los viejos iquiqueños, es decir, los hijos del salitre, en un ejercicio estadístico no avalado por el Instituto del mismo nombre, dicen y se quejan al mismo tiempo, que en esta ciudad “no quedan más de veinte mil iquiqueños”. Enojados, a bordo de un taxi, o bien en los pasillos del Mercado Municipal, o en las gradas del Tierra de Campeones, enarbolan sus cifras a todos aquel que lo quiera escuchar.
Yo, estoy en desacuerdo con estos Hijos e hijas del salitre. Esos veinte mil iquiqueños que ellos y ellas arguyen, tienen relación con aquellos iquiqueños e iquiqueñas nacidos al amparo y la gracia de la explotación del salitre. Corresponden pues, a una etapa de la modernidad iquiqueña en la que esta ciudad se construyó gracias al aporte de miles de migrantes que llegaron con sus sueños a fundar una nueva utopía. Los Hijos del Salitre, son el producto del amor de esas miles de esperanzas. De allí, por ejemplo, los Carmona-Fistonic, los Lozán-Jiménez, los Aguilera-Sanquea, los Mandarelis-Gandolfo, y suma y sigue. El iquiqueño, nunca fue químicamente puro. El chango, en última instancia, tampoco lo fue.
Así como hubo Hijos del Salitre, también hay Hijos de la Anchoveta, son aquellos producto del boom pesquero de los 60. Corresponden a los hijos e hijas que nacieron en Iquique, cuando la ciudad empezó a poblarse después de las banderas negras. Son los “chamayitos” por decirlo de algún modo, cuyos padres llegaron atraídos por el “olor a progreso” que vomitaban las pesqueras en el ex-balneario de El Colorado.
Sin embargo, también están los hijos de la Zofri. Aquellos que nacieron bajo el resplandor falso o no, del oro de Taiwán. Al igual que los anteriores, llegaron en busca de la Nueva California. Sus hogares están ornamentados con la estética de esta actividad. Gozan de autos y de saca cuescos de aceitunas, de gobelinos y de compac disc. Son los “zofritos”, pero como ya lo hemos dicho, made in Iquique.
Finalmente, nacen los nuevos iquiqueños, entre turnos de siete por uno, producto de la nueva actividad minera, esta vez en las alturas, cerca de los Mallkus. Son los hijos de Doña Inés, que al igual que los enganchados de comienzos del siglo XX, llegaron a Iquique, encontrándolo feo, y llorando al partir. La guayaba, hace milagro, dice mi tía Electra.
Todos ellos, y cada cual a su modo, son iquiqueños. No le podemos pedir a los hijos de Doña Zofri o de Doña Inés, que vibren con la Semana del Salitre, tal como vibra don Luis Taboada. Pero, todos ellos sienten que viven en una tierra especial.
Le corresponde a la educación, a los medios de comunicación generar, en ellos, el puente que permita un diálogo entre todos los hijos de Iquique. El viento de la globalización nos pillará mal parado, si no tenemos los dos pies sobre la tierra. Somos mucho más que esos veinte mil. Y algunos hijos de doña Zofri o de doña Inés, son más iquiqueños que el más pampino. Conozco más de uno.
Yo, estoy en desacuerdo con estos Hijos e hijas del salitre. Esos veinte mil iquiqueños que ellos y ellas arguyen, tienen relación con aquellos iquiqueños e iquiqueñas nacidos al amparo y la gracia de la explotación del salitre. Corresponden pues, a una etapa de la modernidad iquiqueña en la que esta ciudad se construyó gracias al aporte de miles de migrantes que llegaron con sus sueños a fundar una nueva utopía. Los Hijos del Salitre, son el producto del amor de esas miles de esperanzas. De allí, por ejemplo, los Carmona-Fistonic, los Lozán-Jiménez, los Aguilera-Sanquea, los Mandarelis-Gandolfo, y suma y sigue. El iquiqueño, nunca fue químicamente puro. El chango, en última instancia, tampoco lo fue.
Así como hubo Hijos del Salitre, también hay Hijos de la Anchoveta, son aquellos producto del boom pesquero de los 60. Corresponden a los hijos e hijas que nacieron en Iquique, cuando la ciudad empezó a poblarse después de las banderas negras. Son los “chamayitos” por decirlo de algún modo, cuyos padres llegaron atraídos por el “olor a progreso” que vomitaban las pesqueras en el ex-balneario de El Colorado.
Sin embargo, también están los hijos de la Zofri. Aquellos que nacieron bajo el resplandor falso o no, del oro de Taiwán. Al igual que los anteriores, llegaron en busca de la Nueva California. Sus hogares están ornamentados con la estética de esta actividad. Gozan de autos y de saca cuescos de aceitunas, de gobelinos y de compac disc. Son los “zofritos”, pero como ya lo hemos dicho, made in Iquique.
Finalmente, nacen los nuevos iquiqueños, entre turnos de siete por uno, producto de la nueva actividad minera, esta vez en las alturas, cerca de los Mallkus. Son los hijos de Doña Inés, que al igual que los enganchados de comienzos del siglo XX, llegaron a Iquique, encontrándolo feo, y llorando al partir. La guayaba, hace milagro, dice mi tía Electra.
Todos ellos, y cada cual a su modo, son iquiqueños. No le podemos pedir a los hijos de Doña Zofri o de Doña Inés, que vibren con la Semana del Salitre, tal como vibra don Luis Taboada. Pero, todos ellos sienten que viven en una tierra especial.
Le corresponde a la educación, a los medios de comunicación generar, en ellos, el puente que permita un diálogo entre todos los hijos de Iquique. El viento de la globalización nos pillará mal parado, si no tenemos los dos pies sobre la tierra. Somos mucho más que esos veinte mil. Y algunos hijos de doña Zofri o de doña Inés, son más iquiqueños que el más pampino. Conozco más de uno.
Friday, August 19, 2005
Don Victoriano Caqueo
Dice que una hora le tomó hacer la música de esos versos que el Coronel Santiago Polanco Nuño le trajo esa tarde del año 1961. No se acuerda si fue otoño o invierno. Da lo mismo, en el puerto las hojas no se caen y en julio el invierno se deja sentir sólo en La Tirana. Empezó a tararear “Si supimos vencer el olvido” y salió el resto como por encanto.
El ya conocía el olvido. Fue como haberle puesto la banda sonora a esa película que en blanco y negro era Iquique en ese entonces. El olvido se quiso tragar a don Victoriano. Polanco Nuño hizo la letra. El, la música. Ambos son los autores del Himno a Iquique.
El ya conocía el olvido. Fue como haberle puesto la banda sonora a esa película que en blanco y negro era Iquique en ese entonces. El olvido se quiso tragar a don Victoriano. Polanco Nuño hizo la letra. El, la música. Ambos son los autores del Himno a Iquique.
La Playa
Para los iquiqueños ir a la playa no es ninguna gracia. La desgracia es no ir. Hay dos formas por lo menos de estar en ella. La primera consiste en ir en un horario determinado y la segunda es ir a acampar, llevándose literalmente la casa, la tele, perro y gatos incluidos.
Está claro que llegar a Primeras Piedras en la época de las banderas negras era toda una hazaña. Hablar de Chanavallita era toda una epopeya de la que hablábamos todo el año. En 1972 con el cuarto A del Liceo de Hombres y bajo la conducción del eterno Manuel Castro Téllez organizamos el paseo de fin de año. Chanavallita fue la última opción. Descartado Paris y Machu Picchu, optamos hasta de mala gana por esa playa.
En la radio sonaban los éxitos de Toni Ronald con eso de “dejaré las llaves de mi puerta”, pasando a los de Tormenta con su “chico de mi barrio”. Un compañero de curso llamado Mario Vargas -cuyo último apellido no era Llosa- estaba convencido que la argentina se había inspirado en él para componer tan popular como tópica canción. Sandro, el gordo, no el gitano, compañero de curso le avivaba la canción que no era cueca.
La llegada a Chanavallita contrastó notablemente con la presunta llegada a Paris. La oscuridad más absoluta nos recibía con el sonido de la mar de fondo que dicho sea de paso, siempre fue mujer; y no el mar como algunos machistas y puristas de la lengua pretenden afirmar.
En ese entonces Chanavallita era una mísera caleta. La de hoy es incomparable con la de ayer. Lo único que permanece es el agua fría.
En los 60 aún era posible acampar en Cavancha, en el Buque Varado y la Poza de los Caballos. Era Iquique entonces más pequeño y menos ajeno que el de hoy. Las carpas hechas con sacos de harina mostraban sin rubor el logo azul de la Alianza para el Progreso. Una tras otras en una larga hilera daban muestras de una vida social frente al mar. Los niños y los perros, lo juraría eran los más felices.
Los días de semana bajando por O’higgins, por Unión, o bien por Juan Martínez hileras de cabros chicos se tomaban literalmente la playa. A pie pelado - a pata pelá- con trajes de baños hechos en casa en base a un brin negro que vendía el Mono Panchito o el Bazar Obrero, ya desteñido por el sol y la sal, y en la que colgaba orgulloso de una pita un caracol sacado del fondo marino de Cavancha, iniciábamos el peregrinaje. Un par de perros y una gran cámara -una llanta - eran los utensilios para el verano. No hacían faltas toallas, bloqueadores ni quitasoles.
La playa se formaba en base a tribus. Al medio la cámara y alrededor los niños y los perros. Ya en el agua el manejo de la llanta nos remontaba a los viejos changos que se hacían al horizonte en balsas de cuero de lobo marino. En la arena, el ritual de Superman nos esperaba. Cruzada las manos sobre el pecho mojado nos tendíamos en la arena. Al levantarnos se leía, a veces con imaginación, la “S” de Superman.
El espectáculo de la playa se coloreaba cuando llegaba el Marylin, el Luchito y el Simón. La fiesta empezaba cuando intentaban meterse al agua. Entonces todos chapoteábamos y ellas -ellos, no existía la palabra gay- daban muestra de un histriónico histerismo. Los tres definieron, a su modo, gran parte de nuestra identidad cultural.
A la seis era la hora señalada. El Granaderos baja -no sé porque tradición- la bandera y con ello el regreso a casa. Nadie quería llevar la cámara. El olor a pan de la tarde nos invadía hasta los huesos. Las monjas del Asilo de Ancianos nos apaciguaban el hambre. Otras señoras que mojaban la tierra nos daban agua.
En un berlín o en un vaso de chicha cabían todos nuestros sueños.
Está claro que llegar a Primeras Piedras en la época de las banderas negras era toda una hazaña. Hablar de Chanavallita era toda una epopeya de la que hablábamos todo el año. En 1972 con el cuarto A del Liceo de Hombres y bajo la conducción del eterno Manuel Castro Téllez organizamos el paseo de fin de año. Chanavallita fue la última opción. Descartado Paris y Machu Picchu, optamos hasta de mala gana por esa playa.
En la radio sonaban los éxitos de Toni Ronald con eso de “dejaré las llaves de mi puerta”, pasando a los de Tormenta con su “chico de mi barrio”. Un compañero de curso llamado Mario Vargas -cuyo último apellido no era Llosa- estaba convencido que la argentina se había inspirado en él para componer tan popular como tópica canción. Sandro, el gordo, no el gitano, compañero de curso le avivaba la canción que no era cueca.
La llegada a Chanavallita contrastó notablemente con la presunta llegada a Paris. La oscuridad más absoluta nos recibía con el sonido de la mar de fondo que dicho sea de paso, siempre fue mujer; y no el mar como algunos machistas y puristas de la lengua pretenden afirmar.
En ese entonces Chanavallita era una mísera caleta. La de hoy es incomparable con la de ayer. Lo único que permanece es el agua fría.
En los 60 aún era posible acampar en Cavancha, en el Buque Varado y la Poza de los Caballos. Era Iquique entonces más pequeño y menos ajeno que el de hoy. Las carpas hechas con sacos de harina mostraban sin rubor el logo azul de la Alianza para el Progreso. Una tras otras en una larga hilera daban muestras de una vida social frente al mar. Los niños y los perros, lo juraría eran los más felices.
Los días de semana bajando por O’higgins, por Unión, o bien por Juan Martínez hileras de cabros chicos se tomaban literalmente la playa. A pie pelado - a pata pelá- con trajes de baños hechos en casa en base a un brin negro que vendía el Mono Panchito o el Bazar Obrero, ya desteñido por el sol y la sal, y en la que colgaba orgulloso de una pita un caracol sacado del fondo marino de Cavancha, iniciábamos el peregrinaje. Un par de perros y una gran cámara -una llanta - eran los utensilios para el verano. No hacían faltas toallas, bloqueadores ni quitasoles.
La playa se formaba en base a tribus. Al medio la cámara y alrededor los niños y los perros. Ya en el agua el manejo de la llanta nos remontaba a los viejos changos que se hacían al horizonte en balsas de cuero de lobo marino. En la arena, el ritual de Superman nos esperaba. Cruzada las manos sobre el pecho mojado nos tendíamos en la arena. Al levantarnos se leía, a veces con imaginación, la “S” de Superman.
El espectáculo de la playa se coloreaba cuando llegaba el Marylin, el Luchito y el Simón. La fiesta empezaba cuando intentaban meterse al agua. Entonces todos chapoteábamos y ellas -ellos, no existía la palabra gay- daban muestra de un histriónico histerismo. Los tres definieron, a su modo, gran parte de nuestra identidad cultural.
A la seis era la hora señalada. El Granaderos baja -no sé porque tradición- la bandera y con ello el regreso a casa. Nadie quería llevar la cámara. El olor a pan de la tarde nos invadía hasta los huesos. Las monjas del Asilo de Ancianos nos apaciguaban el hambre. Otras señoras que mojaban la tierra nos daban agua.
En un berlín o en un vaso de chicha cabían todos nuestros sueños.
¡Grande Diego!
¿Quién dijo que todo estaba perdido? cantaba Fito Paéz y ese verso le cae como anillo al dedo al 10. Diego Armando Maradona ha vuelto. Les ganó a todos. A todos se los pasó. La mismísima muerte no supo que hacer frente a tanta gambeta. El pibe de oro está de vuelta. Y en gloria. Y en majestad.
La hinchada lo mejoró. Hay que reconocerlo. Esa hinchada de todo el mundo que siempre creyó en él, que siempre lo entendió. Y él, agradecido, nos supo devolver la mano. Nos puso de nuevo el corazón en lugar donde debe domiciliarse.
Pero el 10 nos tiene preparada otras sorpresas.
Grande Diego.
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